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el elefante del ausentismo

 

Recientemente, la Fundación Luker abrió una conversación sobre “el elefante en el aula” que representa el ausentismo escolar. Para apoyar la discusión, nos presnetan datos como la inasistencia a por lo menos un día en la quincena anterior a la presentación de las pruebas PISA 2022 por parte de un tercio de los estudiantes de 15 años; o la no presencia en el 27% de las sesiones de remediación del programa Aprendamos Todos a Leer en niños de segundo y tercer grado en Manizales, ejemplificando un panorama al que seguimos sin darle la importancia necesaria.


El asunto va mucho más allá de lo anecdótico: tiene que ver con lo que estamos entendiendo, como país, por educación de calidad. Desde luego es fundamental preocuparse por el rigor, profundidad y forma de enseñanza que desplegamos en nuestras escuelas, pero no podemos seguir pensando que la condición de “calidad” es ajena a las condiciones que permiten que todos y todas aprendamos, lo hagamos con condiciones de equidad y que el sistema esté adecuadamente preparado para que la experiencia escolar sea posible.


Asuntos urgentes (y urgentes hace varias décadas) siguen siendo retos estructurales. La inexistencia de transporte escolar, condiciones de violencia que impiden el libre desplazamiento de los y las estudiantes hasta las sedes educativas o sesgos de género que hacen que algunas familias consideren innecesaria la educación para las niñas hacen parte de situaciones de contexto que ya se vienen analizando. A estas se suman condiciones dentro de las escuelas que seguimos ignorando o aplazando.


Así, por ejemplo, la inexistencia de baterías sanitarias, e incluso de circulación de agua dentro de las escuelas condena al ausentismo de las niñas durante su menstruación. Esto no es un caso aislado o de poca frecuencia. El LEE de la Universidad Javeriana ha informado de un porcentaje del 11% de escuelas oficiales ubicadas en zonas sin acueducto, y este indicador supera el 30% en regiones como Chocó, Córdoba, Magdalena o San Andrés.


No en vano, es de singular importancia la reciente sentencia T-175 de la Corte Constitucional en la que se aborda justamente esta situación recordando que el derecho a la educación no se garantiza solamente con la asistencia a clases, sino que se debe garantizar las condiciones sanitarias mínimas para una adecuada permanencia.


El asunto que debe preocuparnos es que, así como ejemplificamos la situación con la ausencia de baterías sanitarias, hay múltiples dimensiones en las que queremos una educación para el siglo XXI con recursos del siglo XVI. Celebramos la propuesta de Fundación Luker para promover la conversación sobre las causas del ausentismo, porque detrás hay un riesgo que, como hemos dicho insistentemente, puede traducirse en la ampliación de los niveles de abandono escolar.


Dicho esto, no está de más recordar que la manera más simple de entender el abandono escolar es tener claro que, al analizar las cifras históricas de matrícula publicadas por el Ministerio de Educación, en promedio solo 1 de cada 2 niños que inician el primer año llegarán a graduarse de bachillerato. El porcentaje crece drásticamente en zonas rurales y de alta vulnerabilidad.


Por esto insistimos, y lo seguiremos haciendo, que conversar sobre educación de calidad es mucho más que hablar de resultados en pruebas estandarizadas, y que es preciso que resolvamos las condiciones mínimas que habilitan que niños, niñas y jóvenes pueden llegar y permanecer en la escuela. Allí es donde maestras y maestros pueden torcer destinos, formando mejores ciudadanías y posibilitando la apropiación del conocimiento que nos permitan mejorar nuestro entorno.

 

 

 

 
 
 

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