El engañoso "progreso" educativo
- Juan Felipe Aramburo
- 22 abr 2024
- 2 min de lectura
En educación, como en muchas otras áreas, confundimos los medios con los fines. Esa idea moderna del progreso, en el que la razón triunfa sobre todo y nos habilita espacios asépticos, procesos eficientes y métodos estandarizados, nos sigue confundiendo mucho sobre el deber ser de lo educativo y, en particular, de la escuela en un contexto como el colombiano.
Desde luego la escuela busca que los ciudadanos accedan y se apropien de una serie de saberes que la propia sociedad reconoce y valora como importantes. Estamos convencidos de que acceder a ciertos conocimientos nos puede ayudar a tener una mayor calidad de vida y con ello mejorar las condiciones de bienestar individual y colectivo. Sin embargo, esto solo se puede lograr cuando efectivamente la educación funcione en clave de derecho y no de privilegio.
Mientras los tecnócratas más ferreros se rompen las vestiduras alertando sobre los bajos resultados en pruebas estandarizadas al finalizar la educación media, olvidan por completo que estos exámenes solo son presentados por un 25% de los estudiantes que iniciaron la básica primaria en zonas rurales, pues, por motivos diversos, como la desmotivación, las complejidades económicas o el reclutamiento a grupos armados ilegales, entre muchas otras causas, un número importante de estudiantes no lograron culminar su trayectoria formativa.
Este, desde luego, es lo que podríamos llamar un problema central. Si bien nos preocupan los bajos resultados, reconocemos que estos corresponden a un segmento privilegiado de quienes pudieron transitar en sus ciclos formativos. Pero ¿Cuál sería el resultado si incluyéramos a todos aquellos que truncaron su formación?
De manera análoga, las constantes preocupaciones por la infraestructura, tanto física como digital, no deben desvirtuar la comprensión de la urgencia de atender sistemáticamente lo educativo. No basta tener sedes escolares apropiadas sin maestros y maestras calificadas, sin recursos educativos mínimos y sin procesos que favorezcan la inclusión y la promoción de la diversidad.
Obviamente no podemos desconocer que hay escuelas con una gran precariedad en sus instalaciones, pero lo “educativo” no se resuelve solo con lugares bellos para estudiar, que aunque den réditos políticos o incluso sean pilares de algunos ejercicios de responsabilidad social corporativa, no dejan de ser accesorios si no adelantamos un proceso integral e integrador.
Maravilloso tener infraestructuras novedosas y mejores resultados en pruebas, pero si la educación, y la escuela en particular, la hemos entendido como el espacio nivelador de brechas sociales por excelencia, no podremos decir que hacemos algo concreto por lo educativo si no operamos con un enfoque de equidad, inclusión y priorización.
En este último sentido, creo que no podremos estar tranquilos si no avanzamos en la instalación de los pactos sociales necesarios para que los niños, niñas y jóvenes puedan ir y permanecer en la escuela. Esta no es una tarea sencilla, pues se requiere de manera simultánea a intervenciones físicas, comunitarias y pedagógicas, que se enmarcan en la comprensión social de la escuela como espacio generador de oportunidades, nivelador positivo de desigualdades y constructor de ciudadanía.
¿Qué pasa si dejamos la obsesión con el resultado del 25% de estudiantes en matemáticas y nos comprometemos con la permanencia del 100% de los ciudadanos en formación para que la escuela sí cumpla con su propósito de equidad?
Texto originalmente publicado en La Silla Vacía



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