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El museo no está para tranquilizarnos: preguntas incómodas para construir ciudadanía

hace 2 días
8 min de lectura

MARIA CRISTINA RUIZ GONZÁLEZ


La identidad es siempre un territorio en disputa. Cada elección sobre nuestras orientaciones, autorreconocimientos o sentido de pertenencia se basa en la pregunta ¿qué estamos dispuestos a ver de nosotros mismos y qué preferimos que permanezca oculto?

Esta no es una cuestión menor y no se queda solo en el plano de la subjetividad. Los museos, en tanto instituciones que conservan, investigan y exhiben objetos, también son espacios desde los cuales las sociedades construyen relatos sobre su pasado, interpretan su presente y deciden qué consideran digno de ser recordado. Ninguna de estas actividades es neutral, elegir qué se exhibe, cómo se cuenta y desde qué perspectiva se interpreta supone tomar decisiones sobre la memoria, la representación y el lugar que ocupan distintos grupos sociales en la historia de una nación.


Por eso, lo ocurrido en el Museo Nacional de Colombia durante el fin de semana del 17 y 18 de octubre no es solo una controversia sobre unas piezas retiradas de las salas. Lo que está en discusión es algo mucho más profundo: el papel de los museos públicos en una sociedad democrática y el derecho de la ciudadanía a encontrarse con las múltiples, contradictorias y a veces dolorosas experiencias que han contribuido a constituirla.


Lo que incomoda también hace parte de la historia

Las piezas retiradas abordaban asuntos relacionados con movimientos feministas, la diversidad sexual, la violencia política y los procesos de transformación social del país. Su presencia en el museo hacía visibles experiencias, luchas y acontecimientos que forman parte de nuestra historia, aunque no todos los sectores de la sociedad los interpreten de la misma manera. [1]

Surge entonces la pregunta ¿Debe un museo exhibir únicamente aquello con lo que la mayoría, o en este caso quienes detentan el poder se identifica? ¿Su función consiste en confirmar los valores que algunos consideran aceptables o también debe poner en evidencia los conflictos, las exclusiones y las contradicciones que han hecho posible su configuración?

Si aceptamos que un museo debe mostrar solamente aquello que no genera controversia, terminamos por asignarle una tarea bastante limitada: convertir el pasado en una narración cómoda, desprovista de tensiones y suficientemente inofensiva para no incomodar a nadie, pero la historia no es así, tampoco la sociedad…


La historia de Colombia no puede comprenderse sin sus violencias, sus desigualdades, sus movimientos sociales, sus disputas por los derechos, sus intentos de reconciliación y sus múltiples formas de resistencia. Pretender que estos asuntos desaparezcan de las salas de un museo porque suscitan desacuerdos no elimina las tensiones que los atraviesan. Lo único que hace es limitar las posibilidades de reconocerlas y comprenderlas.

Una pieza puede incomodarnos porque cuestiona nuestras convicciones, porque representa una experiencia que desconocemos o porque nos obliga a reconocer que la historia que aprendimos estaba incompleta. Esa incomodidad no constituye, por sí misma, una razón para retirarla de hecho puedes ser el comienzo de una experiencia educativa significativa.


Exhibir y explicar no significa aprobar, justificar o absolver.

Un museo puede exhibir un objeto o una experiencia asociados con la violencia sin glorificarla, presentar una imagen vinculada con un movimiento político sin convertirla en propaganda y narrar una reivindicación social sin exigir que todos sus visitantes compartan esa posición, la responsabilidad museológica consiste, entre otras cosas en construir las condiciones para que esos objetos puedan ser comprendidos en sus contextos, sus significados y sus controversias.


La neutralidad también tiene una historia

Con frecuencia se invoca la neutralidad para defender la idea de que las instituciones culturales no deben tomar partido. La preocupación por evitar el adoctrinamiento es legítima si se entiende que ningún museo debería sustituir la investigación por la propaganda ni exigir adhesiones ideológicas a sus públicos, sean del lado que sean. Paradójicamente es lo que parece estar pidiéndonos la administración actual.


Aquí es importante entender que hay una diferencia fundamental entre no adoctrinar y pretender que las decisiones museográficas no tienen implicaciones políticas. Los museos seleccionan, ordenan, clasifican y relacionan objetos, construyen relatos mediante la disposición de sus colecciones, los textos que acompañan las piezas, las voces que incorporan y aquellas que dejan por fuera, incluso la ausencia comunica. Una vitrina vacía puede convertirse en una pregunta sobre quién decidió retirar lo que antes estaba allí y por qué.


La cuestión, entonces, no es si un museo interpreta la realidad, porque inevitablemente lo hace. La cuestión es cómo lo hace, con qué criterios, a partir de qué evidencias, con la participación de quiénes y bajo qué mecanismos de responsabilidad pública.


En una institución estatal, estas preguntas adquieren una relevancia particular. El museo pertenece a una sociedad plural cuyos integrantes no comparten necesariamente las mismas convicciones políticas, morales o religiosas. Su misión no puede confundirse con la obligación de reproducir la visión del gobierno de turno. Así mismo, es fundamental reconocer que los museos nacionales no le pertenecen a los gobiernos, sino que son parte del Estado. De allí la necesidad de que mantengan narrativas plurales y diversas.


Los gobiernos cambian y las interpretaciones históricas pueden ser revisadas. Sin embargo, las instituciones culturales necesitan criterios profesionales, continuidad, transparencia y autonomía suficiente para desarrollar su trabajo sin quedar sometidas a los vaivenes de la coyuntura política.


Esto no significa que sus guiones curatoriales sean intocables. Deben poder discutirse, cuestionarse y corregirse. Pero una revisión rigurosa exige argumentos, investigación, procedimientos claros y diálogo con los públicos y las comunidades involucradas. No basta con declarar que una pieza resulta inconveniente para convertir su retiro en una decisión culturalmente justificada.


Educar no es decirle al otro qué debe pensar

Aquí aparece una dimensión que considero fundamental: la responsabilidad educativa de los museos.Durante mucho tiempo, buena parte de la experiencia museal se organizó alrededor de una relación vertical: la institución poseía el conocimiento, el objeto ocupaba el lugar central y el visitante recibía una explicación que debía ayudarlo a comprender aquello que tenía ante sus ojos.


Esa relación se ha transformado, hoy entendemos que los públicos no llegan vacíos a un museo. Llegan con sus experiencias, sus conocimientos, sus prejuicios, sus preguntas y sus propias maneras de relacionarse con el mundo como quien carga una maleta. La mediación cultural y la educación museal deben reconocer esa diversidad y convertirla en una oportunidad de aprendizaje.


Desde esta perspectiva, educar no consiste en entregar respuestas definitivas, sino en construir condiciones para formular mejores preguntas. ¿Qué nos dice este objeto sobre la sociedad que lo produjo? ¿Qué relaciones de poder revela? ¿Qué voces aparecen representadas y cuáles faltan? ¿Qué significa hoy una pieza cuyo sentido original ha cambiado? ¿Por qué genera rechazo en algunos visitantes y reconocimiento en otros? ¿Qué podemos aprender de esa diferencia?

Estas preguntas no debilitan al museo. Lo hacen intelectualmente más exigente y socialmente más relevante.


Por supuesto, no toda provocación educa. Una exposición puede reproducir estereotipos, presentar información de manera engañosa o herir a comunidades sin ofrecer herramientas suficientes para comprender lo que se muestra. La incomodidad no debe convertirse en un recurso vacío ni en una excusa para desconocer la dignidad de las personas representadas.

Por eso necesitamos investigación, contextualización, mediación y escucha. Necesitamos reconocer que existen asimetrías entre quienes históricamente han tenido la posibilidad de contar la historia y quienes apenas han comenzado a encontrar un lugar en sus relatos.


La alternativa a la censura no es la exhibición irreflexiva. Es una práctica museológica capaz de asumir la complejidad de los objetos, sus historias y sus efectos sobre distintos públicos.


Construir ciudadanía también significa aprender a disentir

La ciudadanía no se construye solamente mediante la transmisión de normas, la exaltación de símbolos nacionales o la repetición de una versión compartida del pasado. También se construye aprendiendo a convivir con las diferencias, a examinar argumentos, a reconocer derechos y a discutir aquello sobre lo que no existe consenso.


Un museo puede contribuir a ese aprendizaje de una manera particular: pone ante nosotros objetos, testimonios y experiencias que permiten establecer relaciones entre lo individual y lo colectivo. Nos recuerda que aquello que hoy consideramos normal fue, en otros momentos, objeto de disputa; que los derechos no aparecieron espontáneamente y que las sociedades se transforman mediante conflictos, negociaciones y luchas cuyo significado continúa abierto a la interpretación.


En ese sentido, un museo no tiene que resolver todas las controversias que presenta. Su tarea puede ser precisamente, hacerlas visibles y ofrecer herramientas para comprenderlas.

Cuando una persona se enfrenta a una pieza que cuestiona sus convicciones, tiene la posibilidad de rechazarla, discutirla, interpretarla de otra manera o revisar sus propias ideas. Esa libertad de interpretación es parte de la experiencia. Pero para ejercerla, primero necesita que el objeto esté allí, disponible para ser observado y discutido.


Retirarlo porque incomoda a determinados sectores reduce esa posibilidad. Sustituye la conversación por una decisión unilateral acerca de aquello que la ciudadanía puede o no puede conocer.


Y hay una paradoja difícil de ignorar: si el propósito de una institución cultural es evitar el adoctrinamiento, ¿cómo se justifica que una autoridad determine qué experiencias históricas pueden permanecer visibles en función de sus propias convicciones?

El problema no se resuelve afirmando que una pieza representa una ideología. Todas las narraciones históricas parten de preguntas, categorías y decisiones interpretativas. La respuesta democrática no consiste en fingir que esas perspectivas no existen, sino en hacerlas explícitas, someterlas a discusión y permitir que distintas voces participen en su examen.


El derecho a una historia que no sea complaciente

Hay algo que los museos deberían recordar: las colecciones no están destinadas exclusivamente a producir admiración. También pueden producir preguntas, desconcierto, tristeza, indignación e incluso rechazo.


Esas emociones no son necesariamente obstáculos para el aprendizaje. Pueden ser el punto de partida de una relación más consciente con el patrimonio, siempre que exista un trabajo responsable de interpretación y mediación.


Un museo que exhibe únicamente aquello que suscita orgullo termina ofreciendo una imagen empobrecida de la sociedad. Uno que incorpora sus conflictos puede contribuir a una comprensión más honesta de quiénes somos, de cómo llegamos hasta aquí y de qué asuntos siguen pendientes.


Esto no significa que debamos conservar toda representación sin examinarla ni que las instituciones estén exentas de revisar sus prácticas. Significa que la revisión debe ampliar nuestra capacidad de comprensión, no restringirla; que las decisiones deben responder a criterios profesionales, consensuados o al menos discutidos y no a la conveniencia de eliminar aquello que contradice una visión particular del mundo.


Lo ocurrido en el Museo Nacional nos enfrenta, finalmente, a una pregunta que trasciende sus salas: ¿queremos instituciones culturales que nos devuelvan una imagen tranquilizadora de nosotros mismos o instituciones capaces de ayudarnos a comprender una realidad que nunca ha sido tan sencilla?


No creo que los museos deban tener la última palabra sobre nuestra historia. Creo que deben contribuir a que tengamos mejores condiciones para discutirla, eso exige reconocer que la memoria colectiva no es una narración uniforme, que el patrimonio puede contener contradicciones y que una sociedad democrática no necesita estar de acuerdo en todo para compartir espacios de reflexión.


Los museos no están obligados a complacernos. Están llamados a investigar, contextualizar, interpretar y abrir conversaciones que difícilmente tendrían lugar si nos limitáramos a escuchar aquello que confirma lo que ya pensamos. Porque construir ciudadanía consiste en aprender a formular preguntas difíciles, escucharlas y discutirlas sin renunciar al rigor ni a la dignidad de los demás  y para que esas preguntas existan, las piezas que nos incomodan también tienen que poder estar allí.


Referencias de contexto

[1] EFE, La ministra de Cultura de Colombia justifica retiro de obras del Museo Nacional por «adoctrinamiento político», 16 de octubre de 2026; y Manifestantes pegan frente a Museo Nacional de Colombia copias de obras retiradas, 18 de octubre de 2026.

[2] Museo Nacional de Colombia, Cristina Lleras Figueroa, ¿Objetos demodé? Museos y patrimonio intangible. Reflexión sobre la relación entre los objetos, la memoria, las emociones y la experiencia de los públicos.

[3] Rufino Ferreras Marcos, Pedagogías de la incomodidad. El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza ante los conflictos sociales, 2026. Análisis sobre el abordaje de conflictos sociales desde la educación museal sin refugiarse en una neutralidad aparente ni sustituir el debate por la moralización.

 

 
 
 

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